28/04/2020

Primera Entrega

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Juan Cruz Balián

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The Negra

Una novela de ciencia ficción.

La curiosidad nos hace preguntarnos sobre este mundo que nos rodea. A veces podemos encontrar respuestas, o por lo menos intentar acercarnos un poco. Y cuando las preguntas se tornan un poco más abstractas hay que buscar formas más creativas de responderlas.

La literatura es una de las maneras de llegar más allá. Explorar los límites de la naturaleza, imaginar sociedades nuevas, mundos nuevos. Un mundo, por ejemplo, muy afectado por las consecuencias del cambio climático.

Hacer ficción es imaginar qué haríamos como personas y como sociedad frente a distintas situaciones. Una suerte de antropología especulativa: describir y analizar nuestros comportamientos, pero en un contexto que todavía no ocurrió, y tal vez nunca ocurra.

Hace unos años empezamos a explorar esos límites confusos entre ciencia y literatura con los cuentos distópicos de Juan Cruz Balian en Simple e Imperfecto. Pero como lo bueno nunca es mucho, esta vez vamos a dejarnos llevar profundo a un nuevo universo distópico.

Esta es la primera entrega de un nuevo proceso abierto, la primera novela de ciencia ficción de Gato: Ministerio de Invierno. Un libro como una puerta de entrada a un nuevo universo creado por Juan Cruz Balian y diseñado por The Negra. 

 

Viernes

Abrió los ojos y el baño volvió a aparecer, un poco borroso al principio. Parpadeó. El cubículo era estrecho y estaba sucio. Gotas en una baldosa, un pelo pegado al picaporte, una pátina gris sobre todo lo que se suponía blanco. Jonás miró el reloj para asegurarse de que la siesta no se había prolongado demasiado. Con el pulgar se limpió un resto de baba de la comisura. Se levantó y sintió que la sangre le abandonaba la cabeza para irse a las piernas. El baño amagó a oscurecerse de nuevo. Esperó, la palma contra la pared. El mareo pasó. Dio media vuelta, abrió el inodoro y se desabrochó el pantalón. El chorro hizo su parte de silencio contra la losa y después murió en un gorgoteo líquido. Mejor apurarse, se dijo. Sacudió, abrochó. Dio media vuelta. Pero antes de agarrar el picaporte, algo le llamó la atención. Un grillo agonizaba en el suelo.

Se agachó para examinarlo. Era de un verde hermoso. Brillante. Un cuerpo un poco rechoncho pero armónico. Rígido pero flexible en algunos lugares, como por ejemplo en las patas, que salían del tronco, se elevaban, se doblaban y caían en picada, adelgazándose hasta convertirse en agujas dentadas. Estaba caído de costado. Los óvalos negros de los ojos lucían opacos pero daban la impresión de haber sido profundos alguna vez. Una de las antenas se recostaba lacia sobre el piso sucio, la otra se movía en vano tanteando el aire, como buscando una explicación.

Se preguntó si debía pisarlo, acabar de una vez con ese sufrir. La misericordia de un dios somnoliento. Porque para el grillo, él debía ser una especie de dios, una fuerza de envergadura cósmica, inabarcable con los sentidos y con la razón, o lo que el grillo tuviera en el lugar de la razón. Por otro lado, creía haber leído que los insectos no sufrían, que no eran capaces de sentir dolor. O tal vez esas eran solamente las cucarachas. La antena seguía tanteando el aire, una y otra vez, acá y allá, absurdamente empecinada. Si no había dolor en ese movimiento, pensó, de seguro habría perplejidad. La falta de respuesta del resto del cuerpo, el espacio infinito alrededor, el vértigo de caer en un pozo sin fondo, sin bordes, sin fricción del aire. Eso, se dijo, eso debía estar experimentando el grillo. Probablemente era la última experiencia que tendría en su vida y él no se animaba a arrebatársela. Abrió la puerta lo justo para poder salir sin aplastarlo.

Fuera del cubículo, el baño brillaba. Pisos relucientes, la humedad del trapo todavía impresa en los azulejos, pastillas de naftalina nuevas en los mingitorios. Alguien había repuesto el papel higiénico de todos los inodoros. Jonás se quedó un instante confundido. Después decidió que no habrían querido despertarlo y por eso ahora su cubículo era un cuadrado roñoso injertado en medio de ese baño impoluto. La frontera entre los dos estados de higiene parecía haber sido trazada con precisión matemática. Y el grillo, arrojado del lado de la suciedad. Una broma o un exceso de respeto. 

Pulsó el botón de la canilla. Un chorro de agua helada le cortó el bostezo. Se frotó rápido, sin jabón. El secador automático seguía roto. Intentó secarse en el pantalón pero lo mismo las manos volvieron húmedas; la tela térmica no absorbía el agua. 

Dio dos pasos afuera del baño y volvió. La verdadera crueldad era dejarlo así. Pero ¿pisarlo? No, pisarlo no. Sentirlo crujir bajo la suela del borcego, llevárselo luego pegado, tal vez no todo pero un ala, una pata que se desprendería después, repartirlo por la oficina. Eso estaba mal. Eso era peor que dejarlo sufrir. 

Volvió al cubículo. Cortó un pedazo largo de papel higiénico y lo dobló varias veces hasta formar un colchón grueso. Con mucho cuidado, empujó un poco al grillo con un dedo hasta subirlo al papel. La antena reaccionó, palpó el dedo una vez y se quedó, por fin, quieta. Ahora el cuerpo estaba boca arriba. Con delicadeza, lo depositó en el inodoro. Una breve balsa funeraria. La parte de abajo del papel se humedeció enseguida, pero la parte superior, donde reposaba el cuerpo del grillo, parecía resistir seca. Jonás observó un momento, más extrañado que solemne. Esperó. La balsa no se hundía. Presionó apenas con un dedo pero al parecer había doblado demasiadas capas de papel. Apretó el botón. Un remolino frío hizo girar la balsa y, cuando ya estaba por tragársela, Jonás reaccionó: hundió la mano y rescató el cuerpo del grillo justo a tiempo, antes de que se lo devorara el desagüe. Se lo metió en el bolsillo y salió del baño.

En el piso hacía calor, un calor ahogado por abuso de calefacción y por la mezcla vaporizada de todas las respiraciones, el brillo de las pantallas, la fricción de las teclas, el vaho de las alfombras, la guillotina luminosa de los tubos fluorescentes, el ir y venir de los empleados del Ministerio. Pero tras los ventanales caía una nevisca suave y espaciada, un remanso entre la última nevada importante y la que vendría.

Sacó la computadora de su hibernación y miró sin interés los restos de comida en el tacho. Se suponía que esos tachos eran para papeles, pero todo el mundo descartaba las sobras del almuerzo ahí para no tener que cruzar el piso hasta la cocina. Todos los días a primera hora el personal de limpieza cambiaba las bolsas, aunque los lunes podía todavía persistir algo del olor acumulado durante el fin de semana, razón por la cual era mejor no desechar nada los viernes. Antes de la siesta, Jonás había tirado el final de un sánguche de carne de cabra y repollo. Un pedacito de hoja verde seguía adherido, por efecto de la mayonesa, a la cara interna de la bolsa. 

Levantó la cabeza y volvió a mirar, por encima de dos hileras de escritorios, hacia las ventanas, hacia el exterior, donde los copos caían despacio, indiferentes. Se preguntó cómo había llegado un grillo al baño del Ministerio; cómo había llegado un grillo siquiera a la ciudad, si el río no se congelaba únicamente porque estaba en movimiento, si el césped era un recuerdo soterrado en la nieve y los árboles de las plazas hacía tiempo que eran leña robada. Si llevaban ya cuatro años de invierno y no parecía que fuera a amainar. 

 

La noche anterior, la mudanza había terminado relativamente mal. Jonás se quedó mirando al camión cuando arrancó, abriendo la nieve con la cuña adosada a la trompa, dos olas blancas y un rugido grave. Cuando entró, Emilia ya se había apurado a abrir la jaulita para que el gato se encontrase con su nuevo hogar. Pero el gato no se lo tomó a bien. Corrió a esconderse en un rincón, detrás de unas cajas, pero enseguida decidió que el lugar no era del todo seguro y corrió a otro. Así varias veces hasta que tuvo que resignarse a un espacio roñoso entre la heladera y la pared, el pelo erizado lleno de pelusas. 

Emilia pasó una hora intentando tranquilizarlo mientras Jonás desarmaba cajas sin orden, sin un plan, buscando los ansiolíticos que les había dado el veterinario y descubriendo en el proceso algunas cosas que ni siquiera sabía que Emilia tenía. Una depiladora eléctrica rosa. Un cráneo de gato sin maxilar inferior. Un mazo de cartas de tarot.

―¿Y esto? 

Emilia lo miró y enseguida corrió la vista, como restándole importancia.

―Son cartas.

―De tarot.

―Sí.

―¿Desde cuándo? 

―Escuchame, vino a golpear la puerta el encargado mientras vos estabas abajo. Dice que las mudanzas son los sábados. 

―¡Pero qué viejo rompepelotas! Hubo hielo el sábado, ningún flete te labura con hielo, y él lo sabe. ¿No le dijiste? 

―Le dije, pero dice que entonces me tendría que mudar el sábado que viene.

―Ah, ¿y si hay helada de nuevo, qué? 

―Dice que el pronóstico anuncia buen tiempo. No sé, a mí no me mires, te digo lo que me dijo―. Emilia dio por terminada la conversación y volvió a dedicarse al gato. Le hablaba en un tono bajo, casi inaudible, y metía la mano entre la heladera y la pared para alcanzarle la oreja. El gato se dejaba acariciar, pero no salía.

Jonás dejó las cartas de nuevo en la caja, incapaz de asignarles un lugar apropiado en el departamento. Pero mientras acomodaba una pila de libros, volvió a la carga:

―Vos sos científica…

―Soy astrónoma.

―¡Y bueno!

―¿Y bueno qué? 

―¿Tarot?  

Emilia dejó de intentar alcanzar al gato y lo enfrentó con todo el cuerpo:

―¿Sabés cuál es la diferencia entre vos y yo? Vos creés que tenés todas las respuestas, yo sé que no las tengo y las sigo buscando. Si los científicos tuviéramos todas las respuestas, yo todavía tendría laburo y vos estarías acá solo y no estaríamos teniendo esta discusión.

―Era una pregun…

―No, no era una pregunta, era una acusación. Una muy fea, por cierto.

―No podés negar que es raro. No me imagino a tus compañeros del laboratorio… ―la frase se deshizo en el aire a medida que Jonás se arrepentía del giro que le había dado. Por un instante se miró las manos, tratando de recordar para qué las estaba usando antes del silencio.

―Si lo que te preocupa es el alquiler, quedate tranquilo que te vamos a pagar la mitad ―volvió a acariciar al gato y agregó:― Ya encontraré la manera. 

―Yo no quise decir eso.

―Capaz sí quisiste. Capaz lo que no querés es hacerte cargo de que quisiste, pero ya está. Está todo bien. Son cartas de tarot.

Jonás ensayó una protesta mientras revisaba otra caja, pero fue una protesta débil que no prosperó. Para cuando se fueron a dormir, la medicación no había aparecido y el gato seguía recluido en el rincón junto a la heladera. Jonás se alegró en secreto. La casa era su territorio; Emilia y el gato, los advenedizos. Por él, el bicho bien podía pasarse toda la noche asustado mientras ellos se dedicaban a sí mismos, a un buen vino, sexo de bienvenida. 

Pero Emilia no estaba ni para vino ni para sexo. Hubo que convencerla de que no durmiera en la cocina, donde podía vigilar el comportamiento del gato, estar ahí para él, ayudarlo a adaptarse. Jonás se esforzó en explicarle que ya iba a salir, que a mitad de la madrugada aparecería en la cama para acurrucarse con ellos. Sólo entonces Emilia aceptó, sólo como parte de un plan: convertirse en carnada, forzarlo a acudir a ella. Así sí. 

Pero el gato no acudió. Y a medianoche, cuando todos los sueños ya estaban casi conciliados, empezó a llorar. 

―Necesita el remedio ―declaró Emilia, inapelable. 

Jonás recuperó del cesto la ropa que había usado ese día. El polvo de la mudanza impregnado en la tela lo hizo estornudar, pero no tenía sentido ponerse ropa limpia. Se calzó los borcegos con grampones, la campera térmica, buscó las llaves y algo de plata, y salió. 

Afuera, el cielo era un abismo entre farol y farol. Caminó diez cuadras vacías en busca de la veterinaria de turno, enterrándose en la nieve hasta los tobillos con cada paso. Esa tarde se había olvidado un paquete de cigarrillos empezado en el escritorio de la oficina y tenía la esperanza de encontrar dónde comprarse uno nuevo, pero no hubo caso. A esas horas nadie andaba a la intemperie sin un buen motivo. 

No supo si fue el frío o la soledad, pero se puso a pensar en las desapariciones. La televisión hablaba de eso una o dos veces por semana. El primero había sido un accidente, un obrero del puerto que cayó al agua. Nadie lo vio caer y nadie lo encontró hasta que el río decidió devolverlo unos días más tarde, cerca de la desembocadura, en perfecto estado de conservación. Pero los hermanitos no, esos dos no habían sido ningún accidente. Los padres alternaban las visitas a los distintos canales de televisión para pedir ayuda y durante un tiempo la consiguieron. Dos meses de búsqueda, cientos de efectivos policiales y cadenas de oración, pero los niños no aparecían. Después llegó el verano. El veranito, lo bautizó la prensa. Una semana de sol, de medias abrigadas pero zapatillas comunes. La nieve retrocedió un poco y en la cuadra donde vivían los niños un perro apareció corriendo con un brazo en la boca. A partir de ahí, no costó demasiado dar con la casa del vecino, con el escondite de los cuerpos bajo una capa adelgazada de nieve. Muchos se dieron cuenta entonces de que era fácil esconder cosas en la nieve si uno estaba dispuesto a cavar lo suficiente. Hubo un par de días de histeria latente. La gente se miraba sin terminar de adivinar si el otro era un asesino en potencia o sólo un dócil compañero de oficina, un amable empleado de seguros, un jocoso encargado de edificio, una atenta maestra de escuela, un sensible poeta, una abogada eficiente. Jonás no temía nada de todo eso porque, a decir verdad, los crímenes no se habían vuelto moneda corriente. Lo que sí había aumentado, pensaba, eran los accidentes estúpidos. La hermana de Emilia, sin ir más lejos, se había patinado en la vereda del supermercado: tres meses de yeso. Un compañero se había envenenado con monóxido de carbono por un desperfecto en la estufa de su casa. ¿Y mamá? ¿La neumonía de mamá contaba como accidente? 

Bajó a la bocacalle con cierto resquemor. No quería meter el pie en una boca de tormenta y quebrarse el tobillo, ser encontrado al día siguiente, congelado, convertido en ese cuerpo por el que hubo que desviar el tráfico. 

Cruzó la plaza en diagonal. Los pocos árboles que sobrevivían estaban protegidos por rejas circulares. Las ramas bajas habían sido arrancadas y en su lugar quedaban cicatrices nudosas que sólo alcanzó a ver cuando la luz azul de un patrullero lo iluminó. El auto había bajado la velocidad y Jonás supo que lo estaban vigilando. Apuró el paso. No tenía ninguna intención de demorarse en el frío por tener que explicarles a dos policías que no  andaba robando madera. 

Frente a la plaza, la veterinaria era el único local iluminado. Tocó el timbre. Una chicharra le avisó que podía empujar. Entró y una bocanada de frío entró con él, pero ahí no había nadie. Llegaba del fondo el gemido de un perro, un llanto resentido, mezcla de furia y lamento. El sonido lo inquietó, pero luego el lamento se transformó en gruñido y se enredó con el chasquear de una cadena, una puteada por lo bajo.

Pocos segundos más tarde, asomó una mujer delgada y con ojeras, las dos manos enfundadas en guantes de látex, manchados de sangre, veteada de un amarillo oxidado en las yemas, donde había entrado en contacto con algún desinfectante. Se sacó un solo guante para poder atenderlo, alcanzarle la medicación, recibir el dinero, devolverle el cambio. Antes de salir, Jonás le preguntó si de casualidad tenía un cigarrillo. La mujer negó con la cabeza mientras tiraba el guante que se había sacado y se ponía otro. Jonás vio cómo el guante de la otra mano manchaba el nuevo en el acto de colocarlo, pero no pudo ver más porque la mujer ya se escurría para el fondo. 

Volvió por otro camino, con la esperanza vana de encontrar un kiosko abierto. La estación de servicio implicaba un desvío demasiado grande. Para cuando llegó a la casa, las ganas de fumar seguían ahí pero replegadas, en segundo plano, detrás del cansancio de la caminata, del sueño acumulado a lo largo del día y de la necesidad, mucho más inmediata, de un poco de calor.

Emilia se encargó de administrar la medicación y, gracias a eso, cierto tipo de normalidad se instaló en la madrugada. El primer desafío estaba superado. Emilia se acurrucó contra él bajo las frazadas y se durmió primero. Jonás estuvo un rato largo oyéndola respirar, esperando que el frío se le fuera de los huesos. El sueño, sin embargo, le llegó tarde. 

Eso había sido ayer. 

 

Abandonar el calor de la oficina para bajar a fumar implicaba una breve evaluación de costos y beneficios, pero la siesta lo había dejado con ganas. Unas pitadas antes de volver a trabajar, un poco de viento gélido para despertarse. Abrió el cajón. El paquete de cigarrillos estaba exactamente donde lo había dejado. Quedaban cuatro. Tenía que acordarse de comprar camino a casa. Y comida. Lo suficiente para no tener que volver a salir hasta el lunes. 

Sacó uno y dejó el paquete arriba del escritorio. En ese momento apareció Vergara. Llevaba zapatos comunes, que se cambiaba por los borcegos cuando se iba, porque su sentido de la estética le impedía usar otra cosa dentro de la oficina. Tomó un sorbo de café antes de hablarle, una pausa de efecto. A Vergara le gustaba hacer esas cosas. Las había aprendido en un curso. 

―Jonny, te estaba buscando. Necesito que me encuentres un expediente ―le extendió un papelito rosa, con unos números mal garabateados. La alianza de matrimonio le asfixiaba el anular de esa misma mano. 

Jonás agarró el papel y lo dejó en el escritorio. Le puso los cigarrillos encima para protegerlo de una eventual corriente de aire.

―Dale, no te preocupes…

―No, en serio, necesito que lo encuentres.

―Ya mismo. 

―Ya mismo ―dijo Vergara.

―De inmediato. 

Vergara lo miró un segundo más, tratando de decidir algo. Después, dio media vuelta y se fue. Jonás se calzó el gorro de lana y bajó a fumar. 

 

El hall de entrada era amplio, de techo alto y pisos que pretendían ser de mármol y que tal vez lo fueran: el gobierno no había sido tacaño al construir el Ministerio. Lo habían armado rápido pero con exuberancia, sobre el esqueleto de un antiguo hotel. En los considerandos de la tercera resolución del Ministerio, aquella por la cual se procedía a la compra del edificio y su posterior refacción, se justificaba la transacción señalando que el turismo se había desplazado a las zonas tropicales, donde todavía podía llevarse adelante algún tipo de fantasía templada, y por lo tanto el valor del edificio era muy conveniente. No era menos cierto que, tras una nevada intensa, poco después de comenzado el invierno, el dueño del hotel había saltado al vacío desde la terraza; un asunto relacionado con deudas. Su cuerpo se había hundido más de dos metros en la nieve acumulada, en los tiempos en que Vialidad aún no tenía organizadas las cuadrillas de barredoras. El muerto pasó desapercibido hasta que su secretaria encontró la nota y llamó al servicio de urgencias, aunque, técnicamente, para ese momento hacía varias horas que el asunto había dejado de constituir una urgencia. La Policía hizo un pozo y retiró el cadáver con discreción, sin demasiados curiosos, y al día siguiente el artículo del diario se extravió entre tantos otros similares. El gobierno apuró una oferta generosa y la única heredera cerró el trato sin demora. El presupuesto nacional, que ya se había redireccionado hacia la producción de hidrocarburos y la gestión del espacio público, encontró también destino en la construcción del nuevo Ministerio. 

El edificio se convirtió rápidamente en un ícono de la lucha contra el nuevo orden de la naturaleza, o al menos eso pretendían los artífices del discurso gubernamental. Y como si fuera necesario remarcar la intención, en una de las paredes del hall de entrada habían grabado una frase en letras doradas y enormes: 

MIENTRAS EL MUNDO EXISTA, HABRÁ SIEMBRA Y COSECHA, HARÁ CALOR Y FRÍO, HABRÁ INVIERNO Y VERANO, Y DÍAS CON SUS NOCHES. 

Pero, a decir verdad, las letras no estaban ahí desde la inauguración. Habían sido agregadas pocos meses atrás, con el cambio de gobierno. Una excentricidad de la nueva ministra. Jonás suponía que aquello no tenía otra función que la de intentar motivar a una ciudadanía entumecida que, en horario laboral, seguía confluyendo en el Ministerio con sus penurias y sus frustraciones, para que el maltrecho sistema informático y de comunicaciones les diera un número y las convirtiera en reclamos que luego no iba a poder gestionar. 

Justo debajo de las letras, un mostrador semicircular servía de canil para los empleados de seguridad, mayoritariamente ex-policías, tipos gordos a los que las exigencias físicas del invierno habían empujado a pedir un retiro anticipado. 

Solamente uno parecía no pertenecer. Tendría no más de veinticinco años, el pelo rojo y enrulado. Las mejillas lampiñas le daban un aspecto extrañamente infantil que parecía no coincidir con un cuerpo que se adivinaba fibroso. Los trapecios que unían la cabeza con ese cuerpo bajaban en diagonales rectas, como si nacieran directamente en el cráneo, y hacían que la camisa celeste del uniforme le quedara siempre extraña, siempre un poco fuera de lugar. 

Jonás no podía evitar mirarlo cada vez que cruzaba el hall. Sabía que se llamaba Soto, porque así lo indicaba la identificación que llevaba en el pecho. Ahora estaba discutiendo con una mujer. De un tiempo a esta parte, las discusiones en el hall se habían vuelto comunes y, en consecuencia, tanto Jonás como el resto de los empleados habían desarrollado el talento de volverse invisibles. Se deslizaban por el suelo pulido como fantasmas, esquivando ciudadanos indignados porque la leña les había llegado húmeda o la barredora municipal no había pasado esa semana por su casa y ahora el garaje estaba bloqueado de nieve. En el mostrador, los guardias de seguridad tenían la casi exclusiva tarea de apaciguar los ánimos antes de derivar al indignado a la oficina de informes, donde podría plantear su problema con un nivel medio de detalle para luego ser remitido a la oficina correspondiente, ubicada con seguridad en el cuarto o quinto piso, donde se daría curso a su reclamo y, si todo marchaba bien, se accedería a la inmediata asistencia profesional que evitaría el colapso de un techo o se inscribiría al interesado en el registro de cazadores de lobos. Ese era el tipo de gestiones que podían realizarse en el edificio. El arquitecto para el techo sería contratado luego de forma independiente. Al cazador, el arma y las balas le serían entregadas luego en alguna dependencia descentralizada de las que el Ministerio tenía a montones y para todos los fines, especialmente en la periferia, zonas poco pobladas donde los lobos se habían asentado y ensayaban, cada tanto, alguna incursión, locos de hambre. 

Pero para la mujer que discutía con Soto, el problema no eran los lobos.

Soto se dejaba gritar y sonreía. Jonás pensó que nunca lo había visto sonreír antes. Tenía muchos dientes en una boca muy corta. La mujer gesticulaba y empezaba a elevar la voz. Jonás notó que tenía una pila de papeles blancos en la mano. Los apretaba con fuerza y cuando los sacudía se notaba que eran copias del mismo retrato en blanco y negro sobre unas palabras que no alcanzó a leer. 

Jonás aminoró el paso. Un hombre en un impermeable naranja lo esquivó justo a tiempo y le soltó un insulto, pero siguió camino. La mujer agitó el pilón de hojas frente a la cara de Soto, que lo miró apenas y volvió a clavar los ojos en ella. Parecía un gato agazapado, listo para saltar. La mujer se enredó en su protesta y terminó de confundir a los destinatarios. En un pase sintáctico, dejó de hablar de ustedes y dijo “vos”. Le puso un dedo en el pecho a Soto y le dijo que si la ministra no la atendía, ella lo iba a venir a buscar a él. A vos, le dijo. Con el dedo en el pecho. Y entonces la sonrisa de Soto se expandió como un lago inundado por toda la cara. Bordeó el mostrador y en un instante estuvo junto a la mujer. De un brazo la llevó a la rastra hasta la puerta, mientras el hall entero entraba en pausa para ver la escena. 

Cuando la puerta se abrió, Soto la empujó afuera. La mujer tropezó y fue a parar de rodillas a la nieve. Furiosa, se dio vuelta y le lanzó lo único que tenía a mano: las hojas se abrieron por efecto del aire y una multitud de retratos voló y se asentó como las flores de un árbol sacudido por el viento. Uno aterrizó cerca y Jonás pudo verlo mejor: era una búsqueda de paradero de una mujer joven.

―Dios te maldiga ―dijo la mujer, y Jonás vio que las palabras habían calado. Soto se contuvo, aunque ahora se clavaba los dientes en el labio inferior, sin darse cuenta de que empezaba a sangrar. Al volverse, la mirada de Jonás se le cruzó en el camino y pareció que iba a decir algo, pero no le dijo nada. Notó la sangre y se la limpió con la manga de la camisa. El rojo y el celeste se transformaron en un marrón viejo.

La mujer juntó las hojas desparramadas y se fue. Mientras la miraba irse, Jonás tuvo la vaga idea de que debería haber hecho algo por ella. Interceder. Alcanzarle los papeles desparramados, por lo menos. Como si el hecho de ser empleado del Ministerio lo pusiera en esa obligación. Pero no hizo nada, amparado en otra idea, la idea de que no había nada que se pudiera hacer por esa mujer ni por la persona que buscaba. Quién podía saberlo. En una de esas, su problema sí eran los lobos.

Más allá, sobre la vereda, la nieve se había acumulado y la gente hacía grandes esfuerzos para avanzar clavando los grampones y desclavándolos con pasos altos. En cambio, en el palier funcionaba un sistema de calefacción subterráneo que impedía que la entrada al Ministerio se congelara. Era un despliegue de tecnología, una suerte de desfile militar con el que el Ministerio le mostraba sus armas al invierno. Pero también una decisión política, de imagen, para que incluso en los días más fríos la sede gubernamental no perdiera la batalla contra el clima en su propia puerta. Era, en definitiva, un lugar de paso, pero Jonás se unió al resto de los empleados inmóviles que aprovechaban para fumar ahí sin entumecerse los pies. 

 

Su piso era el tercero. Acostumbraba subir y bajar por las escaleras, alegando ante sí mismo que probablemente esa era la única actividad física que hacía en el día. Pero apenas puso un pie el primer escalón y miró hacia arriba, encontró el paso bloqueado. 

Un cono rojo en el cuarto escalón, la superficie brillosa como el piso del baño y en el descanso, el empleado con uniforme deslizando un lampazo hacia un lado y hacia el otro, hacia un lado y hacia el otro. Pensó en preguntarle por el grillo. Mostrárselo. Averiguar si sabía algo acerca de su procedencia. Pero algo en el lampazo lo distraía, un vaivén empecinado, un avanzar meticuloso y detallista al que evidentemente no le alcanzaba una sola pasada para declarar que una superficie estaba limpia. 

Jonás subió un escalón. El lampazo seguía yendo y viniendo. Subió otro y el empleado permaneció con la cabeza baja, absorto en el movimiento del lampazo. Cuando el pie izquierdo de Jonás igualó el escalón donde el cono imponía su límite, el empleado levantó la cabeza y le lanzó la orden como un estornudo:

―¡No!

Jonás se detuvo. Ahora lo veía bien: los ojos ligeramente separados, los cachetes amplios, el labio inferior un poco más prominente. 

―¿No ves que no se puede? ―la voz sonaba un poco gangosa, pero perfectamente inteligible.

―Perdón ―dijo Jonás, y se dirigió a los ascensores, avergonzado.

Hubo que esperar un rato porque los ascensores andaban en las alturas. Algunas personas se acumularon y Jonás las dejó pasar primero. Después se insertó a sí mismo entre los abrigos enormes y se llenó la nariz de olor a cuero húmedo, a neopreno y poliéster. 

La pared estaba repleta de hojas impresas, pegadas con cinta. Anuncios del sindicato, la planilla de mantenimiento del ascensor firmada religiosamente por la misma persona y con la misma lapicera (una firma nerviosa, llena de ángulos y vibraciones, que simulaba algo parecido a una W y una S). Entre todas, reconoció una: era una copia de las hojas de la mujer, una búsqueda de paradero. Helena Rigazi, veintitrés años, empleada del Ministerio, desaparecida el 28 de julio en condiciones desconocidas. El retrato que antes había intentado adivinar ahora lo miraba de frente: una mirada en blanco y negro, una sonrisa amplia en lo que posiblemente era una fiesta de cumpleaños. Otras personas habían sido eliminadas de la foto para poder ofrecer solamente la cara de Helena a la solidaridad de la gente, pero al menos dos brazos ajenos le rodeaban el cuello y sobrevivían en la foto, mutilados por el nuevo encuadre. Se la había visto por última vez luego de salir del trabajo, camino a su casa. Abajo se ofrecían algunos teléfonos de contacto. 

Jonás sacó la cuenta. La chica llevaba siete días desaparecida. En el medio, al menos dos tormentas de nieve habían caído con fuerza sobre la ciudad. Podía llevar meses encontrarla. 

El ascensor se detuvo. Estuvo a punto de bajar pero se dio cuenta de que era recién el primer piso. Hubo empujones cordiales y pedidos de disculpas mientras se hacía el recambio de pasajeros. La escena se repitió en el segundo piso. Helena seguía sonriendo desde su retrato. Jonás no sabía dónde estaba Helena ahora, pero seguro no estaba sonriendo. Los familiares habrían ofrecido esa foto, aquella que reflejara mejor su espíritu, que demostrara lo perfecto que era el castillo de felicidad que ahora colapsaba, pero en el fondo era inútil. Habría querido decirles que no tenían que buscar a una chica feliz, tenían que buscar un rictus de horror y muerte entre la nieve. 

En el tercero, sólo bajó él. El resto eran hombres y mujeres que iban para arriba con cara de ir para arriba.

 

Cuando llegó a su escritorio, lo encontró a Vergara sentado ahí, esperándolo. Tenía las manos cruzadas sobre la panza sobresaliente, la barba negra, corta pero tupida, apoyada sobre el pecho, y los ojos fijos en la pantalla negra. Había algo desplazado en la imagen: el jefe sentado en un escritorio de empleado raso, el hombre proactivo en estado de reposo, la expresión siempre severa de pronto vulnerable. 

―Vení, acompañame ―le dijo Vergara apenas lo vio. Se levantó y fue hacia su oficina. 

Hizo entrar a Jonás con un gesto y cerró la puerta detrás de ellos. Jonás sabía que ahora afuera habría al menos una docena de miradas taladrando la puerta. Sin decir nada ni esperar otra invitación, se sentó. 

Vergara rodeó su escritorio pero se quedó parado. Jonás reparó en lo alto que podía ser Vergara cuando se lo proponía. 

―¿Qué te pedí, Jonny? No, en serio. ¿Qué te pedí? 

―Que encuentre un exp…

―Que encuentres un expediente. ¿Y vos qué hiciste? 

―Te dije que ya lo bus…

―No, ¿vos qué hiciste? ¿Te digo yo lo que hiciste? ¡Te borraste! Ahora, decime, te hago una pregunta: ¿Yo te perjudiqué a vos alguna vez? 

―No, Claudio, pero bajé a fumar, no me vas a decir que…

―Nunca te perjudiqué. Nunca. Y vos ahora me hacés esto a mí. 

―Pero pará, bajé un minuto, ahora te lo busco. 

―Mirá, esto no es un capricho mío, Jonny. Viene de arriba el pedido. Es importante que lo encontremos. De qué se trata a nosotros no nos importa. Lo que nos importa es encontrarlo porque viene de arriba la cosa, bien de arriba. No hay mucho más arriba que esto. 

―Está bien, ni una palabra más. Ya mismo me ocupo. 

Vergara hizo un gesto con la mano como desestimando la promesa, o al menos la solemnidad con la que la promesa había sido pronunciada. 

―Entendeme, no me estoy poniendo en forro. Esto es por el bien de todos. A fin de año se renuevan los contratos. El tuyo, pero también el mío. Y que renueven el mío depende de muchas cosas, pero que renueven el tuyo depende principalmente de mí. ¿Estoy siendo claro? 

―Demasiado. 

―Gracias. Pará, Jonny… disculpame, no quise sonar… Estoy teniendo un día de mierda.

―No te preocupes, Claudio. 

Jonás se levantó y abrió la puerta. Todo el mundo parecía ocuparse de sus asuntos, pero él sabía que si las miradas fueran flechas, podría haberse puesto a desclavarlas de la madera terciada. 

―Jonny… 

―Decime.

―Te tenés que quedar lo que haga falta ―había una orden en la mirada, pero Jonás creyó ver también una súplica. 

Consultó el reloj del teléfono. Tres y cuarto de la tarde. 

Tenía un par de horas largas. 

 

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Juan Cruz Balián

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Escritor, estudiante y empleado. En ese orden. No sé pensar deductivamente pero intuyo por dónde viene la cosa.

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Andrés Rieznik

Andrés Rieznik

11/05/2020

¡Excelente! Quedé re manija de saber cómo sigue. ¿Qué hacía ese grillo ahí? Me encantaron los diálogos y toda la ambientación.

Sofía Carolina Ayala

Sofía Carolina Ayala

06/05/2020

¡Muy bueno! Me dieron ganas de seguir leyendo. Me gusta que me haya transportado a un lugar claramente invernal (literalmente puedo imaginar un Ministerio y sus alrededores en una escala de grises). El ritmo y las palabras ayudan (leí “pulido” y sentí frío, por ejemplo) .
Gracias y saludos!

Daniela Ibañez

Daniela Ibañez

06/05/2020

Me encantó, quiero saber cómo sigue!

Tatiana Imhof

Tatiana Imhof

05/05/2020

Maravilloso, fui a ese invierno. Gracias.

Matías

Matías

02/05/2020

Que bien esto. ¿Va a ser semanal?

Georgina Carnaghi

Georgina Carnaghi

01/05/2020

Me gusto mucho! Cuando publican la continuación?

Carina Lembo

Carina Lembo

01/05/2020

Suena interesante …quiero seguirrrrrrrr

Ana Rosa Cantiello

Ana Rosa Cantiello

29/04/2020

Una maravilla la narrativa de Juan Cruz. Quiero saber cómo sigue…